Novedoso desarrollo de una startup estatal
La iniciativa se llama BioH41 y es una startup biotecnológica nacida dentro del IPATEC
En los laboratorios de Bariloche, lejos de Silicon Valley y mucho más cerca de los lagos transparentes de la Patagonia, un grupo de científicos trabaja sobre una idea que parece salida de la ciencia ficción: desarrollar protectores solares naturales utilizando microorganismos adaptados durante miles de años a la radiación extrema de la montaña.
La iniciativa se llama BioH41 y es una startup biotecnológica nacida dentro del IPATEC —el Instituto Andino Patagónico de Tecnologías Biológicas y Geoambientales, dependiente del CONICET y la Universidad Nacional del Comahue— que en 2025 logró uno de los reconocimientos más importantes del ecosistema científico-emprendedor argentino al obtener el segundo puesto en el concurso nacional IB50K.
Detrás del proyecto está Diego Libkind, investigador del CONICET, director del IPATEC y una de las figuras más reconocidas de la biotecnología argentina. Pero la historia de BioH41 no empezó pensando en negocios, sino observando cómo sobrevive la vida microscópica en ambientes extremos.
“Buscamos llevar descubrimientos que están en la naturaleza, específicamente en nuestros lagos de montaña, hacia la industria para resolver una problemática cotidiana”, explicó Libkind durante una entrevista en Voz Radio.
La problemática es concreta y masiva: los protectores solares tradicionales. Aunque son indispensables para prevenir enfermedades asociadas a la radiación ultravioleta, cada vez existen más estudios sobre el impacto ambiental y sanitario de muchos filtros químicos utilizados por la industria cosmética.
“Las opciones actuales del mercado son nocivas tanto para el medio ambiente como para nuestra salud por el uso rutinario y la acumulación”, sostuvo el investigador. Gran parte de esos compuestos, explicó, derivan de la industria petroquímica o minera y ya fueron cuestionados por sus efectos sobre ecosistemas acuáticos y organismos marinos.
La respuesta que propone BioH41 nació observando microorganismos patagónicos. En lagunas de altura, sometidas a altos niveles de radiación UV, ciertas levaduras desarrollaron mecanismos naturales de protección. El equipo científico tomó esa capacidad evolutiva y comenzó a trabajar para reproducirla en laboratorio.
“Aprendimos que estos microorganismos desarrollaron una protección natural mediante la evolución. Nosotros tomamos esa idea y generamos levaduras que pueden producir grandes cantidades de esos protectores”, explicó Libkind.
Sin embargo, el verdadero salto tecnológico llegó después. El gran problema de producir este tipo de compuestos a escala industrial era que requerían luz para activarse, algo extremadamente costoso en grandes biorreactores.
Entonces apareció uno de los avances centrales del proyecto. “Le enseñamos a la levadura a producir ese protector solar en la oscuridad”, resumió el científico. En términos biotecnológicos, eso significa reducir enormemente los costos de producción y abrir la puerta a una fabricación industrial viable.
La explicación parece simple, pero detrás hay años de investigación genética, microbiología y escalado industrial. “Nuestro desarrollo más importante no fue descubrir la molécula, sino lograr una levadura que solamente tenemos nosotros”, afirmó.
El potencial comercial comenzó a llamar la atención fuera del ámbito científico. BioH41 no planea fabricar cremas solares terminadas, sino convertirse en proveedor de ingredientes para la industria cosmética global. Esa lógica fue justamente la que presentaron en el concurso IB50K, donde startups científicas compiten mostrando no solo innovación, sino también viabilidad empresarial.
“El concurso nos obligó a ordenar el proyecto y construir un verdadero plan de negocios”, contó Libkind. Allí apareció otro desafío recurrente para las startups tecnológicas argentinas: conseguir inversión privada en un contexto de fuerte retracción del financiamiento científico nacional.
Actualmente, el proyecto cuenta con respaldo del Grupo Harmony, una empresa argentina que aporta financiamiento para avanzar hacia etapas industriales. El objetivo ahora es pasar de pruebas de pocos litros a escalas de miles, un salto enorme en términos tecnológicos y económicos.
“Hay una ventana de oportunidad muy grande. Si no salimos rápido al mercado, pueden aparecer alternativas competidoras”, advirtió.
Pero el proyecto empezó a mostrar además algo inesperado. Durante las pruebas de laboratorio, los investigadores detectaron que los extractos no solo actuaban como fotoprotectores naturales, sino que también tenían propiedades antioxidantes, hidratantes y efectos positivos sobre la piel.
“Reducen arrugas, mejoran la energía de la piel y la humectación”, señaló Libkind. Los ensayos actualmente son evaluados por laboratorios especializados bajo protocolos controlados y con voluntarios.
La historia de BioH41 también funciona como una postal poco habitual de Bariloche: una ciudad donde el turismo convive con uno de los polos científicos y tecnológicos más importantes del país. Allí conviven el INVAP, institutos del CONICET, laboratorios universitarios y startups que buscan transformar conocimiento científico en productos globales.
Libkind insiste en que ese origen no es un detalle menor. “Queremos que se sepa que esto nace en Bariloche, desde la ciencia, la universidad pública y el CONICET”, afirmó.
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